Vivir Valores Éticos: La Invitación

Por su propia definición, encarnar la Ética en la toma de decisiones es a su vez una decisión; nadie está obligado a ello. Incorporar los criterios éticos en el proceso de decisiones debe ser un ejercicio libre; estar obligado es un sinsentido. Los espacios decisorios abren la posibilidad de incorporar la Ética, una ciencia y a su vez, un arte, la cual se cultiva a través de la vida para trascender toda inmediatez y viabilizar la transformación personal.  Como algo muy propio, por el hecho de ser personas, el tema ético implicado en nuestras vidas abre una nueva visión de mundo a otras oportunidades no previstas, que se reflejan en las acciones. Una vida con significado ético implica una transformación; difícilmente se encuentre satisfacción si se opta por retroceder hacia valores ausentes de Ética. Antes de adquirir sentido ético, posiblemente, podemos sentirnos cómodos; no obstante, luego de alinear las decisiones de vida con una visión profunda orientada por la pertinencia y relevancia del servicio, será difícil proyectarse en ausencia del mismo: habría un “vacío”. Luego de esta transformación, la persona habrá de preguntarse cómo es posible que otros sigan viviendo sin la intensidad de una existencia guiada por valores éticos.

Hemos establecido que para estar cómodos en la vida, no es necesario alcanzar significado ético. Se puede vivir tranquilo por el simple hecho de alinear la vida con valores no éticos. Eso sí, vivir en una neutralidad ética implica perder oportunidades insospechadas; un costo por oportunidades rechazadas las cuales no se prevén fácilmente, cuando se configura la vida con valores éticamente neutrales. Ahora bien, una vez nos alineamos con la Ética, aceptamos la invitación de hacer con la vida algo más allá de lo ordinario, se provee una oportunidad de abrir espacios insospechados e ir mucho más lejos en fines y metas. Aceptar la invitación de guiar la vida por valores éticos, abre la gran oportunidad de hacer de ella una obra única. La vida transcurre en un breve lapso de tiempo, por lo que no tenemos razones para sospechar que hay segundas oportunidades. Lo que hagamos con ella, mientras tanto, depende de nuestras decisiones, las cuales se enriquecen guiadas por valores. La transformación y satisfacción propia queda en función de alinear los actos de acuerdo a valores éticos de servicio y excelencia, los que ya hemos discutido ampliamente.

En los temas de normativa externa, como la coacción y todas las demás ideas de vigilancia que ya expusimos, la idea central gira en desalentar actos que no son correctos. Para muchas personas, esto de por sí representa un gran avance que evita provocar posibles daños a otros, a través de actos poco éticos. Aquí, el fin es dejar de hacer lo incorrecto; mas en el marco de los valores éticos, no es suficiente el no hacer, sino cometer actos alineados con la Ética positiva. Independientemente de que se tenga razón para no hacer, la mentalidad adecuada para la transformación personal va en dirección contraria, va en dirección hacia el hacer.

Por ello, en el proceso de toma de decisiones es fundamental que las personas clarifiquen los valores por los cuales orientan sus decisiones. La dirección correcta, cuando se acepta vivir los valores éticos, no es hacia dejar de hacer, sino que está en el hacer cosas que construyan realidades éticas.[1] Por cuanto, aplicar criterios de vida según el significado ético no implica restringir el margen de posibilidades de acción; esa mentalidad de castigo, de cumplimiento, de regulaciones y todo lo que sea normativas, como hemos dicho, no se debe trasladar al campo de la Ética. La transformación ética se dirige a un punto contrario: abre el gran abanico de posibilidades del ser humano. No es asunto de restringir, sino de abrir posibilidades hacia maneras de actuar alternas, no contempladas en un principio. Dentro de estos criterios, se abren posibilidades de proyectarse en maneras diferentes, con una mayor riqueza, dado que se define un camino, unos medios que conllevan decir que sí a nuevas metas y fines, y que en ausencia de una vida con significado ético no se contemplan, no se calculan.

La transformación personal ubica a la persona en referencia al otro. Es decir, no es suficiente dejar de realizar actos negativos, lo que puede ser más que correcto para muchos y esto se reconoce; ahora bien, la trasformación exige reconocer valores para apoyar la acción hacia los demás. Apoyados en valores, no hay razón para temer; el aclarar que se llevan a cabo contribuciones hacia los demás, actúa a tono con la Ética constructiva orientada por el servicio, sea en la familia, en el trabajo, en la vida con los vecinos, la comunidad y otros imperativos que la misma persona se autoimpone. No hay razón para el miedo. Posiblemente, se lleven a cabo actos que sean contracorriente, contrarios a lo que una mayoría valora; pero por su gran significado para las personas, proveen un sentido, dado que están anclados en valores éticos como el servicio.

Otro obstáculo para no aceptar la invitación de transformación es “el qué dirán”. En la selección de metas con valores éticos, se considera la opinión de la persona, además de la opinión justificada de otros. Se evita limitarse a la opinión individual, mas tampoco se pretende vivir la vida según dicten los demás, lo que hace perder la oportunidad de trabajar en los fines. La transformación de vida conlleva retos y la búsqueda de aprobación; para evitar riesgos, pueden aumentar las posibilidades de un riesgo mayor para todos, al no vivir la vida propia.

Por: Dr. Miguel A. Arrieta Morales

[1] Como dato importante, para aquellos que deseen ampliar estas ideas, podemos apreciar que desde la óptica de las consejerías decisionales, un problema implica una contribución. Esta puede ser a nivel de acto, (Terapia de realidad), o a nivel de pensamiento, (Terapia racional emotiva). La solución a los problemas personales consiste en dejar de llevar cabo la contribución. No obstante, esto no es suficiente para la transformación en la vida. Por el contrario, el modelo ético de vida prescribe actuar de cierta manera que permita vivir en coherencia con los valores que proclama.


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